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Negarse a ser espécimen · vol. 1

La falda en llamas: ceniza y furor de Marina Tsvietáieva

Fue la temperatura más alta de la Edad de Plata rusa; una sacerdotisa del fuego, de la pasión y de la destrucción.

Yo me niego a existir.En este manicomio inhumano,yo me niego a seguir viviendo.— Marina Tsvietáieva
Era una pirómana. Sus poemas nunca se escribieron: se quemaron. No sólo incendió su propia felicidad terrenal; también le prendió fuego a toda la tramoya hipócrita de la «dulzura femenina» en la historia de la literatura.
Fue una saqueadora en el orden del espíritu.Fue una madre histérica.
Ella era:Marina Tsvietáieva
Marina Tsvietáieva en 1925

Ilyá Ehrenburg recordaba en Gente, años, vida que ella parecía vivir siempre en un estado de fervor, de combustión espontánea. Hasta sus cartas iban llenas de rayas y signos de exclamación, como si la sintaxis normal no pudiera soportar el peso de su alma.

Pasternak, en sus cartas, retrocedía palmo a palmo ante aquella «pasión absoluta».

En este mundo no necesito nada salvo tu alma. [...] Escribo poemas porque en la realidad no puedo poseerte.— Carta a Rilke

Ella llegó incluso a enamorarse de un Rilke ya moribundo. Se arrancó las entrañas y las arrojó, todavía con hilos de sangre, sobre la cama del enfermo, exigiéndole el alma con una intensidad casi monstruosa. Y luego, Rilke murió.

Instintivamente, cualquier persona razonable ante una mujer así, una loca que en el invierno de Moscú parte leña mientras el alma le crepita como una hoguera maldita, se apartaría por pura autodefensa. Esos lectores de estética pulcra, tan partidarios de la «distancia» y el buen gusto, se queman vivos en cuanto rozan su aspereza y sus estallidos emocionales.

Pero, a la mierda el gusto. ¿Desde cuándo la poesía necesita buen gusto?

Leer a otros poetas es calentarse con placer junto a una chimenea; leerla a ella es meter la mano desnuda en un brasero al rojo.

Leer a Tsvietáieva exige mirar de frente las aristas más extremas de su carácter.

Su arrogancia
Mis versos, como vinos preciosos,tendrán su hora.
(Моим стихам, как драгоценным винам, Настанет свой черед.)
Su ironía
Me gusta que no estés enfermo de mí,me gusta no estar loca por ti.Me gusta que la pesada tierrano tiemble jamás bajo nuestros pies.
(Мне нравится, что вы больны не мной...)
Su histeria
Ayer todavía me miraba a los ojos,hoy aparta la mirada.Ayer aún se sentaba a mi lado,hoy hasta los ruiseñores se han vuelto cuervos.[...]Amor mío, ¿qué te he hecho?
(Вчера еще в глаза глядел... / Мой милый, что тебе я сделала?)
Su instinto de posesión
Te arrancaré a todas las tierras, a todos los cielos,porque el bosque es mi cuna y mi tumba es también bosque...No te cederé a nadie,ni siquiera a Aquel que te creó.
(Я тебя отвоюю у всех земель, у всех небес...)
¡Murlyga! Perdóname. Pero seguir habría sido peor. Estoy gravemente enferma; esto ya no soy yo. Te he querido con locura. Debes comprender que ya no puedo vivir. Dile a papá y a Alia, si llegas a verlos, que los quise hasta el último instante. Explícales que he caído en un callejón sin salida (тупик).

Ante el hijo adolescente que más la necesitaba, no consuela como una madre: abdica. Renuncia incluso a la dignidad mínima de sostener la ficción del yo. Pero en los poemas dirigidos al amante se transforma en raptora: una declaración de secuestro afectivo, exclusiva hasta la asfixia.

Y, sin embargo, no son ésas mis líneas favoritas. La que más me estremece es la que escribió a los veinticuatro años: Quisiera vivir contigo.

...Querría vivir contigoen una pequeña ciudadcon eternos atardeceresy eterno sonar de campanas.Y en una fonda, en el campo,el fino tintineode un viejo reloj, como el gotear del tiempo.Y a veces, por las noches, desde una buhardilla,una flauta, y el flautista mismo en la ventana.Y grandes tulipanes en las ventanas...Tal vez tú ni me amaste siquiera.En medio de la alcoba la gran estufa de cerámica,cada azulejo, una imagen: rosa, navío, corazón.Y en la única ventana, nieve, nieve, nieve.Tú estarías recostado, tal como me gustas:perezoso, indolente, indiferente.De vez en cuando el gesto seco de una cerilla.El cigarrillo quema y se consumey en su extremo tiembla largo rato-breve columna gris- la ceniza.Hasta te da pereza sacudirla,y el cigarrillo entero vuela al fuego.

Marina Tsvietáieva · «Quisiera vivir contigo»

Ahí hay una fatiga irrespirable, una rendición tan completa ante el mundo que ya no parece tristeza, sino silencio sepulcral.

Ése es el punto más aterrador de Tsvietáieva. Siendo un alma hecha para arder hasta el exceso, no tuvo infancia ni tuvo madurez: a los veinticuatro años su espíritu ya había agotado la vida entera de otros y había entrado, con una puntualidad obscena, en su propio fin del mundo.

Este poema no es una ensoñación doméstica sobre el porvenir. Es una invitación redactada con antelación para compartir una tumba del espíritu.

A los veinticuatro años se ahorcó con la poesía; a los cuarenta y nueve, con una cuerda. Toda su vida no fue más que la búsqueda de esa «pequeña ciudad» donde por fin pudiera callarse del todo.

Quien mejor resumió una existencia así fue Albert Camus:

Morimos a los cuarenta de una bala que nos disparamos al corazón a los veinte.— Albert Camus

Era una mujer peligrosa. Pero me enseñó la lección más cruel y hermosa de todas:

Todo lo que he amado, lo he amado como despedida, no como encuentro.
(Всё, что я любила, я любила прощанием, а не встречей.)
P.S.Su historia amorosa, y ese triángulo, o cuadrilátero, de época con Pasternak y Rilke, merecen un texto aparte. Abriré otra botella de vino y lo escribiré por separado.