Negarse a ser espécimen · vol. 1
La falda en llamas: ceniza y furor de Marina Tsvietáieva
Fue la temperatura más alta de la Edad de Plata rusa; una sacerdotisa del fuego, de la pasión y de la destrucción.
Ilyá Ehrenburg recordaba en Gente, años, vida que ella parecía vivir siempre en un estado de fervor, de combustión espontánea. Hasta sus cartas iban llenas de rayas y signos de exclamación, como si la sintaxis normal no pudiera soportar el peso de su alma.
Pasternak, en sus cartas, retrocedía palmo a palmo ante aquella «pasión absoluta».
Ella llegó incluso a enamorarse de un Rilke ya moribundo. Se arrancó las entrañas y las arrojó, todavía con hilos de sangre, sobre la cama del enfermo, exigiéndole el alma con una intensidad casi monstruosa. Y luego, Rilke murió.
Instintivamente, cualquier persona razonable ante una mujer así, una loca que en el invierno de Moscú parte leña mientras el alma le crepita como una hoguera maldita, se apartaría por pura autodefensa. Esos lectores de estética pulcra, tan partidarios de la «distancia» y el buen gusto, se queman vivos en cuanto rozan su aspereza y sus estallidos emocionales.
Pero, a la mierda el gusto. ¿Desde cuándo la poesía necesita buen gusto?
Leer a otros poetas es calentarse con placer junto a una chimenea; leerla a ella es meter la mano desnuda en un brasero al rojo.
Leer a Tsvietáieva exige mirar de frente las aristas más extremas de su carácter.
Ante el hijo adolescente que más la necesitaba, no consuela como una madre: abdica. Renuncia incluso a la dignidad mínima de sostener la ficción del yo. Pero en los poemas dirigidos al amante se transforma en raptora: una declaración de secuestro afectivo, exclusiva hasta la asfixia.
Y, sin embargo, no son ésas mis líneas favoritas. La que más me estremece es la que escribió a los veinticuatro años: Quisiera vivir contigo.
Marina Tsvietáieva · «Quisiera vivir contigo»
Ahí hay una fatiga irrespirable, una rendición tan completa ante el mundo que ya no parece tristeza, sino silencio sepulcral.
Ése es el punto más aterrador de Tsvietáieva. Siendo un alma hecha para arder hasta el exceso, no tuvo infancia ni tuvo madurez: a los veinticuatro años su espíritu ya había agotado la vida entera de otros y había entrado, con una puntualidad obscena, en su propio fin del mundo.
Este poema no es una ensoñación doméstica sobre el porvenir. Es una invitación redactada con antelación para compartir una tumba del espíritu.
A los veinticuatro años se ahorcó con la poesía; a los cuarenta y nueve, con una cuerda. Toda su vida no fue más que la búsqueda de esa «pequeña ciudad» donde por fin pudiera callarse del todo.
Quien mejor resumió una existencia así fue Albert Camus:
Era una mujer peligrosa. Pero me enseñó la lección más cruel y hermosa de todas:
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