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Diario AS

Descalabro de Italia

Una Italia con la cabeza agachada por la decepción se rinde al destino de quedar fuera del tercer Mundial consecutivo y pide un cambio drástico.

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En 2029, coges al azar a cualquier chico italiano menor de dieciocho años por la calle y lo normal es que no tenga ni un solo recuerdo de haber visto a Italia jugar un Mundial.

¿Mundial? ¿Y eso qué es? No lo he visto en mi vida.

Todos le echan la culpa a Gattuso. No se la echéis tan deprisa: basta con mirar su currículo para entenderlo.

En el Milan, año y medio sobreviviendo.
En el Nápoles, otro año y medio.
En el Valencia, medio año y además saliendo señalado.
En el Marsella, más de lo mismo: medio año y desastre.
Y luego Hajduk, un club que sospecho que media gente ni había oído nombrar.
Una carrera como entrenador en caída libre, sin una sola pausa digna.

¿Por qué lo ficha la federación italiana? Muchos no lo entienden. Yo sí. Es dependencia de trayectoria en estado puro: imaginaron que podían montar otra hermandad de veteranos, como en tiempos de Mancini, y forzar el milagro a base de épica de vestuario. Ya se veía en la previa: aquellos viejos rostros en el cuerpo técnico cantando el himno con una emoción tremenda. El problema es que con emoción sola no se juega.

Y entonces uno se acuerda de aquella Italia en la que el debate era si había que llevar o no a Baggio, o si Del Piero debía ser titular. Y ahora miras la plantilla y ves esto: primero, Mateo Retegui. En Argentina, para pelear por el puesto de quinto delantero suplente, probablemente también tendría que sudar. Juega en Arabia Saudí, y se supone que hay que encomendarse a él. Luego Moise Kean: el tuerto en el país de los ciegos. Aquel prodigio de la Juventus, hoy instalado en la Fiorentina; ya puedes imaginar hasta qué punto se ha erosionado la potencia real.

Después miras al banquillo. ¿Quién sale? Esposito: un nueve de manual, sí, pero lento. Luego Raspadori. ¿Quién? Suplente en el Nápoles, suplente en el Atlético, de vuelta al Atalanta para seguir rotando: el tipo de jugador que, hace veinticinco años, en una Italia seria, no habría olido ni un amistoso. Ni al llegar al décimo nombre de la lista habría aparecido su apellido.

Ésa es, a día de hoy, la estructura de personal de la selección italiana.

Hace cuatro años aún me quejaba de que perder en el estadio cutre del Palermo, con aquellas gradas de asientos desconchados, había sido simple exceso de confianza. Ahora ya sólo me sale decir esto:

El valor de Mancini sigue subiendo.